Pluralismo hispánico
e Imperio pirenaico
e Imperio pirenaico
Del
tronco común navarro surgió, al morir Sancho III el Mayor, la monarquía
aragonesa. Era una monarquía, cierto es, con muy escasas pretensiones y pobre y
poco poblado territorio; pero que desde los días de su fundador Ramiro I
(1035-1063), tuvo la virilidad pirenaica y respondió a un fondo indígena remotísimo,
apenas alterado por la cultura romana. Reanudando antiquísimas leyes geohistóricas,
este pueblo de pastores empezó el ataque contra los reductos fortificados que
defendían el acceso de sus rebaños a la llanura subpirenaica. La empresa resultó
durísima, tanto más cuanto los musulmanes de la depresión del Ebro fueron
reforzados, oportunamente, por los almorávides. Barbastro, Graus y Monzón
cayeron en poder de los aragoneses durante el reinado de Sancho Ramírez; pero
Huesca resistió hasta 1096, en cuya fecha se apoderó de ella Pedro I. Sólo
durante el reinado de su sucesor, Alfonso I el Batallador (1104-1134), fue
capaz Aragón de contar con auxiliares poderosos para sus propósitos: nobles
franceses pirenaicos, caballeros de las órdenes Militares de Palestina. Con
tales refuerzos pudo expugnar Zaragoza (1118) y defender su conquista con la
victoria de Cutanda (1120). Ella abrió a los aragoneses las fértiles vegas del
Jalón y del Jiloca. De un solo golpe quedaba constituido en sus líneas
generales el Aragón histórico.
Era
muy escasa la viabilidad política de un Estado encajado en la depresión ibérica.
Castilla acechaba hacía tiempo la rica presa zaragozana (Fernando I, Alfonso
VI), y al morir sin sucesión Alfonso el Batallador, el rey Alfonso VII planteó
en seguida sus pretensiones. Fue a Zaragoza, y allí se hizo reconocer sus
derechos (1135). Sin embargo, esta actitud resultó contraproducente, pues echó
a los aragoneses en brazos de los catalanes, con los cuales mantenían buenas
relaciones fronterizas. En 1137, el conde Ramón Berenguer IV de Barcelona
contrajo matrimonio con la infanta doña Petronila, hija de Ramiro II, y empuñó
las riendas del poder en calidad de príncipe de Aragón. El asunto castellano
fue resuelto con la retirada de Zaragoza de las tropas de Alfonso VII y la
prestación del vasallaje de la realeza aragonesa a la castellana por la parte
occidental del titulado «reino de Zaragoza».
Fue,
pues, la decisión catalana la que contribuyó al nacimiento de la Corona de Aragón
y no una supuesta tendencialidad aragonesa a ocupar la fachada marítima de su
cuenca. Acostumbrados los condes barceloneses a la coexistencia de varias
soberanías en el país catalán (condados de Barcelona, Urgel, Rosellón, etc.),
implantaron la fórmula de un mutuo respeto a las características de los dos
Estados que se unían en aquella ocasión, en un régimen de perfecta autonomía.
También hay que tener en cuenta que la soberanía francesa sobre los condados
catalanes y la discreta pero resuelta actitud del Papado obligaron en cierta
manera a la aceptación de esta fórmula de convivencia. Ramón Berenguer IV evitó
proclamarse o rey de Cataluña o rey de Aragón, y se satisfizo con el más
modesto título de príncipe. En todo caso, la solución hallada en tal trance se
reveló en extremo fructífera para el futuro, cuando se planteó el problema del
gobierno de Valencia y de las Baleares, o bien el más extenso y complicado de
las posesiones mediterráneas de la Corona de Aragón en Italia. El sistema
comunitario catalán, derivado del concepto pactista (de pacto) de su mentalidad
jurídica, conducía de este modo a un pluralismo político. En cambio, Castilla
rechazaba esta posibilidad apurando el dilema, ya planteado a la muerte de
Fernando I y de Alfonso VII, de unidad o separación respecto a los leoneses.
Elan dos concepciones distintas de la organización peninsular, que deberían
enfrentarse a lo largo de los siglos.
También
se opusieron ya entonces el idealismo castellano y el realismo mediterráneo.
Sobre este punto nada más ilustrativo que comparar la actuación de Alfonso VII
de Castilla y la de Ramón Berenguer IV de Barcelona. Toda la literatura oficial
favorece al primero: documentos, crónicas, ceremonias; todos los resultados políticos
desembocan en el haber del segundo. El cancelamiento del fantasmón imperial y
el nacimiento de una España viable, forjada con el tridente portugués,
castellano y catalanoaragonés, éstos son los méritos incuestionables de Ramón
Berenguer IV. Pluralismo que jamás excluyó la conciencia de una unidad de gestión
de los asuntos hispánicos.
En
la lucha contra el Islam, la unión de los esfuerzos de aragoneses y catalanes
hizo saltar los últimos baluartes que aquél defendía en la Cataluña meridional.
En breve plazo cayeron Lérida y Tortosa, y se pudo repoblar Tarragona. Pero no
fue la Reconquista la sola dirección perseguida. Éste era únicamente el vértice
de un triángulo, cuyos puntos opuestos miraban hacia el Mediterráneo, de un
lado, y el Mediodía francés, de otro. El mar se revelaba de nuevo como fructífera
senda comercial y, por el mismo camino que siguieron los mercaderes italianos
hacia Egipto, podían lanzarse ahora, y de hecho lo hicieron, los navegantes
catalanes. En cuanto al Mediodía de Francia el resurgimiento del tráfico y el
paso de las mercancías del Mediterráneo al Atlántico por la región, le habían
colmado de riquezas y refinamientos culturales. Lenguadoc y Provenza brillaban
con el sin igual esplendor de sus cortes caballerescas y de sus vitales
ciudades. En estas condiciones, y, además, dada la afinidad idiomática, es
natural que los catalanes se dejaran tentar por el paraíso lenguadociano y
hallaran en él poetas de quienes aprender y tesoros en que participar.
La
orientación transpirenaica era consustancial con el reino aragonés y la Casa de
Barcelona; pero fue Ramón Berenguer III (1096-1131) quien le proporcionó un
objetivo claro al casarse con Dulce de Provenza y oponerse al expansionismo de
los condes de Tolosa en aquel condado
y el Lenguadoc. El mismo soberano
apuntó sus deseos sobre las Baleares, que fueron conquistadas, aunque por breve
tiempo, con el auxilio de una flota pisana. Su hijo, el ya citado Ramón
Berenguer IV, persistió en estas mismas tendencias: la flota catalana auxilió a
Alfonso VII en la empresa que este monarca dirigió contra Almería (1147); en el
sur de Francia, numerosos señores lenguadocianos reconocieron la soberanía de
Barcelona. Esta expansión llegó a su apogeo en época de Alfonso II de Aragón
(1162-1196), quien volvió a recoger la herencia provenzal y estuvo en trance de
crear un reino pirenaico que englobase las cuencas del Ebro y del Garona.
Los
incidentes de esta dinámica centuria transformaron la mentalidad catalana. El
pueblo feudal, campesino y románico de otros tiempos, dejó paso a una sociedad
brillante, expansiva, colonizadora y mercantil. Con la avara parsimonia que
caracteriza su historia, los catalanes acaudalaron enormes reservas morales y
materiales, que les permitieron en el siglo XIII escalar, de un salto, el
primer plano político en el Mediterráneo.
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